Hace casi 200
años que nuestro mundo dio un vuelco. Era la tecnología la que llamaba a la
puerta, máquinas de carbón preparadas para mejorar nuestra vida casi en la
misma proporción que la empeoraban. Supongo que unos sonrieron y otros
lloraron, que nadie se ponía de acuerdo sobre si ese cambio era bueno o malo.
Imagino a los que se atrevieron a dar el salto, a conocer mejor a esas
máquinas, temblando el primer día que ponían un dedo en ellas, sobrecogidos por
unos sonidos que no había escuchado hasta la fecha, por una capacidad de
trabajo superior a la de cualquier humano.
Nuestro sistema
educativo, supo adaptarse (intereses económicos incluidos, por supuesto) a esa industrialización.
Como bien dice Sir Ken Robinson, las escuelas formaban a niños que debían estar
preparados para trabajar, alejándose de cualquier otro objetivo. Y así fue cómo
se obtuvieron trabajadores obedientes, dóciles, de esos que llegaban al
trabajo, hacían lo que ya sabían, y se iban.
Hoy día la
tecnología crece y evoluciona a pasos agigantados, pero nuestro sistema
educativo continúa detenido en el tiempo, en ese siglo XIX en el que lo más
importante era ser parte de esa cadena de montaje en la que cada uno tenía una
función concreta. Sin pensar. Sólo hacer, hacer y hacer, repetir lo que ya
sabes y lo que el anterior a ti también sabía.
Tenemos ante
nosotros todo un mundo de posibilidades. Podemos hablar por Skype con personas
que se encuentran a miles de kilómetros de distancia, compartir nuestros
pensamientos en Twitter y nuestras preguntas en Google, crecer juntos,
enriquecernos con la diversidad. Podemos imaginar un mundo mejor con Instagram,
ser creativos con Photoshop, salirnos de lo establecido por la realidad
aumentándola a nuevas dimensiones. ¿No os parece increíble? Aun así muchos
tiemblan al imaginarlo, al verse a sí mismos caminando por un nuevo sendero.
“Nuestro trabajo es que nuestros hijos saquen provecho de un futuro que nosotros no conoceremos”. Y para ello, añadiría, tenemos que ser capaces de imaginarlo día a día. Difícil, sí, pero podemos. Podemos. Podemos pero no nos lo creemos. Tenemos miedo a equivocarnos, miedo a experimentar cosas nuevas. Como bien decíamos el primer día “estamos acojonados”. Y así no sólo malgastamos nuestro talento, sino también el talento de todas las personas que forman parte de nuestra vida y que ya nos dan su 100%, esas mentes que parecen ir un paso por delante, y que aun así nos tienden la mano para que el manejo de sus creaciones sea cada día más fácil y las posibilidades cada vez mayores. Muchos, aun parecen estar esperando esa confianza en su talento, esa palabra de halago que les haga darse cuenta de que sí, que valen. Que sí. Que vales. TU.
“Nuestro trabajo es que nuestros hijos saquen provecho de un futuro que nosotros no conoceremos”. Y para ello, añadiría, tenemos que ser capaces de imaginarlo día a día. Difícil, sí, pero podemos. Podemos. Podemos pero no nos lo creemos. Tenemos miedo a equivocarnos, miedo a experimentar cosas nuevas. Como bien decíamos el primer día “estamos acojonados”. Y así no sólo malgastamos nuestro talento, sino también el talento de todas las personas que forman parte de nuestra vida y que ya nos dan su 100%, esas mentes que parecen ir un paso por delante, y que aun así nos tienden la mano para que el manejo de sus creaciones sea cada día más fácil y las posibilidades cada vez mayores. Muchos, aun parecen estar esperando esa confianza en su talento, esa palabra de halago que les haga darse cuenta de que sí, que valen. Que sí. Que vales. TU.
Tal vez si nos lo dicen y nos tienden más manos (aún) decidamos lanzarnos al vacío, y apretar todos los botones de unas máquinas que ya no hacen ruido, ni necesitan carbón, que ni siquiera tienen botones por así decirlo, pero que son millones de veces más potentes que las de hace dos siglos. Entre otras cosas, porque ya no conectan cables y ensamblan engranajes… ahora conectan mentes y ensamblan ideas. Sólo pulsa el ON.
No hay comentarios:
Publicar un comentario